Hablar de mezcal en Oaxaca es hablar de territorio, tiempo y familia. Aunque la ciudad de Oaxaca concentra bares, tiendas especializadas y catas guiadas, el verdadero corazón del mezcal late fuera de la capital, en comunidades donde la producción sigue siendo artesanal y profundamente ligada a la vida cotidiana. Santiago Matatlán y Sola de Vega son dos regiones clave para quienes buscan entender el mezcal más allá del turismo rápido y acercarse a los palenques familiares donde el oficio se transmite de generación en generación.
Esta ruta no es un recorrido de prisas ni de consumo excesivo. Es un itinerario pensado para viajar con calma, escuchar a los maestros mezcaleros, caminar entre magueyes y comprender por qué cada mezcal sabe distinto según el suelo, la altitud y las decisiones humanas detrás de cada lote.
Santiago Matatlán, conocido como “la capital mundial del mezcal”, se encuentra a poco más de una hora de la ciudad de Oaxaca, pero su dinámica es completamente distinta. Aquí el mezcal no es una atracción: es parte de la economía local y de la identidad comunitaria. Al llegar, el paisaje cambia rápidamente; los cerros se cubren de magueyes espadín y los hornos cónicos de piedra aparecen entre casas y campos. Visitar palenques familiares permite observar procesos que siguen siendo manuales: la cocción de las piñas bajo tierra, la molienda con tahona tirada por caballo y la fermentación natural en tinas de madera o piedra.
En Matatlán, muchos productores trabajan en volúmenes pequeños y elaboran mezcales que rara vez salen de la región. Probarlos directamente en el palenque, mientras el mezcalero explica cómo influyó la lluvia de ese año o el tipo de leña utilizada, cambia por completo la forma de entender la bebida. Aquí el mezcal no se bebe de golpe ni se juzga por su fuerza alcohólica, sino por su aroma, su textura y la historia que lo acompaña.
Más al sur, Sola de Vega ofrece una experiencia todavía más íntima y menos explorada. Esta región montañosa, de caminos sinuosos y comunidades dispersas, produce mezcales de gran carácter, muchos elaborados con magueyes silvestres y variedades menos comunes. Llegar implica más tiempo y planeación, pero el viaje recompensa con paisajes verdes, clima fresco y una relación más cercana con los productores.
En Sola de Vega, los palenques suelen estar integrados a la vida familiar. La visita se convierte en una conversación larga, a veces acompañada de comida casera y relatos sobre la siembra del maguey, que puede tardar entre ocho y quince años en madurar. Aquí se entiende con claridad por qué el mezcal es un producto agrícola antes que una bebida de moda. Cada botella representa años de cuidado del campo y decisiones que no pueden acelerarse.
Un itinerario ideal para esta ruta contempla al menos dos o tres días fuera de la capital. El primer día puede dedicarse a Santiago Matatlán y comunidades cercanas, durmiendo en la zona o regresando a un punto intermedio. El segundo día conviene adentrarse hacia el sur, rumbo a Sola de Vega, con visitas previamente acordadas, ya que muchos palenques no reciben visitantes sin aviso. El tercer día puede reservarse para regresar con calma, deteniéndose en mercados locales o pequeñas fondas donde el mezcal acompaña la comida, no como protagonista, sino como parte natural de la mesa.
Recorrer la ruta del mezcal artesanal implica también asumir una responsabilidad como visitante. Comprar directamente al productor, respetar los tiempos de la comunidad, evitar regateos y consumir con moderación son prácticas esenciales para un turismo más justo. Muchos mezcaleros enfrentan la presión de la sobreproducción y la demanda externa; elegir palenques familiares ayuda a preservar métodos tradicionales y a mantener vivo el paisaje agavero.
Salir de la capital para conocer el mezcal en su lugar de origen transforma la experiencia por completo. Santiago Matatlán y Sola de Vega no ofrecen espectáculos, sino autenticidad. En cada sorbo hay tierra, clima y memoria, y entenderlo así convierte la ruta del mezcal en un viaje cultural profundo, lejos del bullicio y más cerca de la esencia de Oaxaca.