Ya era hora de que alguien le pusiera el cascabel al gato en temas de salud. Y es que, seamos sinceros, el mexicano promedio vive para trabajar en lugar de trabajar para vivir. Durante la presentación del dictamen para reducir la jornada laboral, el diputado Pedro Haces puso el dedo en la llaga: estamos «quemados». Los datos no mienten y nos dejan parados como los campeones mundiales del estrés laboral.
En la tribuna se soltaron cifras que espantan más que el tráfico de Viaducto en viernes de quincena. Resulta que en México le pegamos al trabajo unas 2,200 horas al año. Para que se den un quemón, el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es de 1,750 horas. Estamos regalando casi 500 horas de nuestra vida extra, y lo peor es que eso no se refleja ni en la cartera ni en la salud.
El legislador citó estudios de la UNAM y del mismísimo IMSS que ya prendieron las alarmas rojas. Tres cuartas partes de la banda trabajadora padece fatiga por estrés laboral. No es nomás cansancio de «ay, qué flojera», es un agotamiento que ya se considera un riesgo de salud pública. Jale tras jale, sin descanso real, el cuerpo empieza a cobrar factura.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya lo había advertido y aquí nos habíamos hecho de la vista gorda: trabajar más de 55 horas a la semana dispara el riesgo de que te dé un infarto o un accidente cerebrovascular. Así de rudo. Por eso, esta reforma trasciende lo económico y se mete de lleno al terreno de los Derechos Humanos. No es un capricho, es una cuestión de supervivencia.
El argumento central en San Lázaro fue contundente: cuando la chamba te quita la salud, te rompe la convivencia con la familia y no te deja ni un ratito para echar la cascarita o ver la tele, se está violando la dignidad humana. El artículo 1º constitucional obliga a progresar en derechos, y este cambio es justo eso: un tanque de oxígeno para la clase trabajadora.
Además, se tocó un tema que a todos nos duele: la productividad. Nos han vendido la idea de que el que más horas está en la oficina es el más «camiseta puesta». ¡Puras habas! Producimos apenas unos 25 dólares por hora trabajada, mientras que en otros países, donde a las 5 de la tarde ya están cerrando el changarro, producen arriba de 70 dólares. Trabajar inteligente, no trabajar a lo bruto, esa es la nueva consigna.
La reforma plantea que por cada seis días de chamba, se tenga al menos uno de descanso con salario íntegro, pero con un tope semanal de 40 horas. Esto es clave: descanso y salario no están peleados. Al contrario, un trabajador descansado regresa el lunes con las pilas recargadas, menos propenso a cometer errores y con mejor actitud. Es un ganar-ganar.
También se puso sobre la mesa la protección a los más chavos. Por primera vez, la Constitución va a prohibir las horas extra a los menores de 18 años. Se trata de cuidar su desarrollo integral y no explotarlos antes de tiempo. Es una medida que busca proteger el futuro del bono demográfico del país.
En resumen, esta reforma busca que dejemos de ser los «héroes» mal pagados y estresados del mundo laboral. Se busca recuperar el tiempo para cuidar, para convivir y para vivir. Porque como bien se dijo en el pleno, el trabajo es para sostener la vida, no para acabársela en la línea de producción.